Sobre la disociación y las formas en que aprendemos a protegernos

«A veces no es que sienta demasiado.
A veces es al revés: casi no siento.
Estoy, pero no del todo.
Escucho, pero como si estuviera lejos.
Hablo, pero una parte de mí no está ahí.
Mi cuerpo quisiera sentir,
y es como que resiste y, no conecta.»
A esto en psicología lo llamamos disociación.
No siempre es evidente. Puede sentirse como ir en automático, como si el tiempo pasara sin tocarte, como si el cuerpo fuera un lugar ajeno o lejano. Y aunque puede asustar, es importante comprender que la disociación también es una forma de protección.
Cuando algo resulta abrumador, el sistema nervioso tiene distintas maneras de responder. A veces activa la intensidad; otras veces, baja el volumen. Se desconecta. Se protege apagando.
El problema no es que esto ocurra.
El problema es cuando se vuelve la única forma de estar.
Muchas personas que disocian se preguntan “¿por qué soy así?”,
“¿por qué no logro estar presente como los demás?”
Pero la pregunta podría ser otra:
¿qué aprendió a hacer mi sistema poder seguir adelante?
Volver a uno mismo no es un acto brusco. No es obligarse a sentir todo de golpe. Es, más bien, un proceso suave de reconexión.
Algo pequeño que puedes probar para «reconectar»:
– Mira a tu alrededor y nombra, en voz baja o mentalmente, 5 cosas que ves, 4 que puedes tocar, 3 que escuchas.
– Si estás comiendo algo, observa el color, pon tu atención en la textura, sabor, aroma.
No necesitas hacerlo perfecto. Solo es una forma de decirle a tu cuerpo: “estamos aquí, ahora”.
La terapia puede ser un espacio donde aprender a volver sin miedo.
Sin exigencia.
A tu propio ritmo.
Si sientes que estar presente se ha vuelto difícil, no tienes que entenderlo todo para empezar.
A veces, lo primero es simplemente tener un espacio donde poder ir volviendo, poco a poco, con alguien que te acompañe en ese proceso.
La terapia puede ser ese lugar.


